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        <title type="main" level="a">Odio y venganza en La persistencia de Griselda Gambaro</title>
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            <forename>Maria Beatrice</forename>
            <surname>Lenzi</surname>
            <placeName type="affiliation">University of Siena, Italy</placeName>
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          <resp>This is a section of <title>La violenza nel teatro contemporaneo</title>(DOI: <idno type="DOI">10.36253/979-12-215-0278-7</idno>) by </resp>
          <name>Paola Bellomi, Carla Francellini, Maria Beatrice Lenzi, Ada Milani, Niccolò Scaffai</name>
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        <publisher>Firenze University Press, USiena Press</publisher>
        <pubPlace>Florence</pubPlace>
        <date when="2023">2023</date>
        <idno type="DOI">https://doi.org/10.36253/979-12-215-0278-7.06</idno>
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          <p>Available for academic research purposes</p>
          <p>Open Access</p>
          <p>Copyright Author(s)</p>
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            <p>Content licence CC BY-SA 4.0</p>
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        <p>This is original content, published for academic research purposes</p>
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        <p>Griselda Gambaro's La Persistencia is one of the Argentine author's most difficult works. In it, she reconstructs a historical event, the school massacre in Beslan, North Ossetia, in 2004, which claimed more than three hundred victims, mostly children. Bringing violence to the stage is not in itself a new fact; it is, however, a matter of recreating an event that really happened in its historical context, trying to expose the reasons that made it possible and the motives that triggered such extreme violence, leaving the judgement to the reader or the spectator.</p>
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            <item>Griselda Gambaro</item>
            <item>Contemporary Argentine theatre</item>
            <item>Beslan's massacre</item>
            <item>theory of reception</item>
            <item>violence</item>
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      <p>It is available online at https://doi.org/10.36253/979-12-215-0278-7.06<ref target="https://doi.org/10.36253/979-12-215-0278-7.06" /></p>
      
      
      
      <p rend="h1_chapter">Odio y venganza en <hi rend="italic">La</hi> <hi rend="italic">persistencia</hi> <lb/>de Griselda Gambaro</p><p rend="h1_author">Maria Beatrice Lenzi</p><p rend="h1_indexAbstract"><hi rend="italic">Abstract</hi>: <hi rend="italic">La Persistencia</hi> di Griselda Gambaro è una delle opere più difficili dell’autrice argentina. In essa ricostruisce un evento storico, il massacro della scuola di Beslan, nell’Ossezia del Nord, nel 2004, che fece più di trecento vittime, in maggioranza bambini. Portare in scena la violenza non è di per sé un fatto nuovo; si tratta, però, di ricreare un evento realmente accaduto nel suo contesto storico, cercando di esporre le ragioni che lo hanno reso possibile e i motivi che hanno scatenato una violenza così estrema, lasciando il giudizio al lettore o allo spettatore.</p><p rend="text">Griselda Gambaro (Buenos Aires, 1928) es una de las más prestigiosas escritoras argentinas. Se ha dedicado al cuento<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-069-backlink"><ref target="_06.html#footnote-069">1</ref></hi></hi>, la novela<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-068-backlink"><ref target="_06.html#footnote-068">2</ref></hi></hi> y el teatro<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-067-backlink"><ref target="_06.html#footnote-067">3</ref></hi></hi>. Su producción muestra una preocupación constante por la condición humana, su precariedad y, al mismo tiempo, la arbitrariedad y la violencia del poder autoritario, elaborando situaciones en las que los individuos se encuentran atrapados. Algunos de sus primeros textos teatrales, como <hi rend="italic">Las paredes</hi> (1964) o <hi rend="italic">El desatino</hi> (1965), han provocado polémicas, porque no parecían responder a los problemas acuciantes del país, por lo cual su autora llegó a ser considerada como una exponente del teatro del absurdo y muy alejada de la tradición nacional. En realidad, Gambaro se ha enfrentado a esas cuestiones sin seguir patrones establecidos, de manera muy original y personal, así como originales y muy personales son sus ‘reescrituras’ que indagan sobre la condición humana a partir de textos célebres, como en el caso de <hi rend="italic">La Señora Macbeth</hi> (2001)<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-066-backlink"><ref target="_06.html#footnote-066">4</ref></hi></hi> o <hi rend="italic">Antígona furiosa</hi> (1986)<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-065-backlink"><ref target="_06.html#footnote-065">5</ref></hi></hi> o trasladando en el tiempo y el espacio al poeta Giacomo Leopardi a la periferia de Buenos Aires en nuestros días<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-064-backlink"><ref target="_06.html#footnote-064">6</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Destaquemos que <hi rend="italic">Ganarse la muerte</hi> (1976) fue prohibida durante la dictadura militar, por lo cual la autora y su familia decidieron exiliarse en Barcelona hasta 1981. A su regreso participó en la experiencia única de Teatro Abierto, en que dramaturgos, actores, directores y todos los que hacen posible el teatro se han reunido presentado 21 obras, en las que todos trabajaron gratuitamente. Gambaro presentó allí la obra en un acto <hi rend="italic">Decir sí</hi> (1981).</p><p rend="text">El teatro de la violencia en <hi rend="italic">La persistencia</hi> (2004) es una escuela en Beslán (Osetia del norte), que, en 2004, fue escenario de otra atroz ‘matanza de los inocentes’. Griselda Gambaro refiere, a guisa de apéndice, las circunstancias:</p><p rend="quotation_b">La idea de la obra partió de una noticia aparecida en los periódicos sobre la masacre de Beslan [<hi rend="italic">sic</hi>], en Rusia. El 3 de septiembre de 2004, un comando de 32 guerrilleros chechenos tomó centenares de rehenes en la escuela de Beslan, donde padres y alumnos estaban reunidos para festejar el primer día de clases. El gobierno ruso no aceptó negociar con los captores y en la inmediata represión la escuela fue atacada con lanzallamas y tanques. La operación, en la que sólo un guerrillero checheno fue capturado con vida, tuvo un alto y desestimado costo: murieron 331 rehenes, en su mayoría, niños. Como sabemos, ninguna obra es enteramente imaginada<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-063-backlink"><ref target="_06.html#footnote-063">7</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">A diferencia de muchas de sus obras que denuncian en particular la violencia del país (como, por ejemplo, <hi rend="italic">Información</hi> <hi rend="italic">para</hi> <hi rend="italic">extranjeros</hi>)<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-062-backlink"><ref target="_06.html#footnote-062">8</ref></hi></hi> o, en general, de la condición humana (<hi rend="italic">El</hi> <hi rend="italic">miedo</hi>), <hi rend="italic">La</hi> <hi rend="italic">persistencia</hi> muestra una situación de la que nadie puede escapar. Es una de las obras más duras de su repertorio.</p><p rend="text">Recordemos con mayor detalle los hechos: el 1<hi rend="superscript _idGenCharOverride-1">o</hi> de septiembre, el día de comienzo de clases, tradicionalmente día de fiesta, asisten a la escuela los niños con sus padres y familiares. En esa ocasión, un grupo de unos treinta separatistas chechenos y militantes islamistas yihadistas<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-061-backlink"><ref target="_06.html#footnote-061">9</ref></hi></hi> secuestraron, en el interior de la escuela n<hi rend="superscript _idGenCharOverride-1">o</hi> 1 de Beslán, a más de mil personas, entre niños y adultos, mantenidos como rehenes en condiciones deplorables, sin poder moverse, sin agua ni alimentos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-060-backlink"><ref target="_06.html#footnote-060">10</ref></hi></hi>. Los secuestradores asesinaron a varias personas para amedrentar a los rehenes. El trato fue implacable. Al tercer día, el 3 de septiembre, los secuestradores causaron una explosión dentro de la escuela<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-059-backlink"><ref target="_06.html#footnote-059">11</ref></hi></hi>. Poco después las fuerzas de seguridad rusas, pertrechadas con armas pesadas y tanques de ataque, comenzaron un tiroteo que tuvo como saldo más de 300 adultos y 186 niños muertos.</p><p rend="text"><hi rend="italic">La</hi> <hi rend="italic">persistencia</hi> desarrolla el discurso del odio y la venganza que genera más muerte y destrucción. En la obra se asiste a los preparativos del atentado a una escuela con el propósito de atacar a los niños, a lo que experimentan los personajes antes y después de haberlo ejecutado y, en particular, a las relaciones que los cuatro personajes mantienen entre sí.</p><p rend="text">Es significativo que la obra muestre algunas premisas, esto es, las condiciones de vida de la población (chechena)<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-058-backlink"><ref target="_06.html#footnote-058">12</ref></hi></hi>: la pobreza que dejaron dos guerras<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-057-backlink"><ref target="_06.html#footnote-057">13</ref></hi></hi>, la escasez, la falta de víveres, la penuria y miseria general, el clima inhóspito, la tierra desértica, la expropiación, la necesidad de cambiar de sitio para ocultarse o para sobrevivir en una tierra asolada por ataques, bombardeos, explosiones que afectan a los personajes.</p><p rend="text">La primera de las tres escenas muestra la precariedad de los medios de vida y la pobreza:</p><p rend="quotation_b">Interior de una choza de aspecto primitivo, un arcón, dos bancos largos. Los escasos víveres, algunos enseres están guardados en el arcón y en unos zurrones que cuelgan de las paredes. Sobre uno de los bancos, una jarra con agua, un cuenco y escudilla. Sostenida por un trípode, una olla de hierro sobre el fuego en el piso de tierra<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-056-backlink"><ref target="_06.html#footnote-056">14</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Son cuatro los personajes en escena: Zaida es la madre de un niño muerto en un ataque sufrido en la aldea, y enterrado sin un brazo, que quedó perdido entre los escombros, brazo que se convierte en una obsesión a lo largo del drama. La personalidad de Zaida se va revelando durante la obra<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-055-backlink"><ref target="_06.html#footnote-055">15</ref></hi></hi>: sabemos que pasó mucho tiempo en un rincón, postrada por la muerte de su hijo, para luego encerrarse en el silencio, sin voluntad e indiferente a lo que sucede a su alrededor. El hecho de que los hombres planeen atentados la irá transformando hasta llegar al punto más extremo de todo el texto. Enzo, marido de Zaida, es fundamentalmente un hombre duro, su prioridad es la guerra; en él el odio ha echado profundas raíces; su conciencia política está por encima de todo: «nos quitan nuestras tierras más fértiles, no cesarán nunca de ambicionar lo que no les pertenece»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-054-backlink"><ref target="_06.html#footnote-054">16</ref></hi></hi>. Su voluntad está guiada por el odio y la venganza. Boris<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-053-backlink"><ref target="_06.html#footnote-053">17</ref></hi></hi>, hermano de Zaida, es, al contrario de su cuñado, un hombre muy humano, pacífico y no ama la violencia; aunque comparta los mismos enemigos, es ante todo un hombre que tiene una conciencia ética y conoce los límites de las acciones humanas; sabe que no todo es válido y justificable<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-052-backlink"><ref target="_06.html#footnote-052">18</ref></hi></hi>. Por último, El Silencioso, un personaje enigmático que no tiene nombre, es designado por el atributo del silencio, lo conocemos sólo por sus gestos: sabemos que se mueve con extrema lentitud «con movimientos cautos y a veces inseguros»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-051-backlink"><ref target="_06.html#footnote-051">19</ref></hi></hi>, una lentitud que aparece como ritualizada, lo que le otorga una consistencia distinta. Envuelto en un silencio total, es un personaje mudo y de rostro inexpresivo. El Silencioso es tratado como alguien que debe guiarlos, considerado especialmente por Enzo con un celo religioso, como si se tratara de una suerte de ser superior que puede obrar prodigios y dictar designios. Por el relato de Enzo sabemos que ha sido El Silencioso quien le ha dictado el plan de atacar una escuela. Pero las indicaciones de escena, la gestualidad del personaje, su mínima acción y su total silencio parecen mostrar algo muy distinto, parece ser más bien un ser indiferente a los hechos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-050-backlink"><ref target="_06.html#footnote-050">20</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">En la primera escena, Zaida y Boris están en la choza. En el fondo, en un rincón oscuro, está El Silencioso. Boris le lleva a Zaida la cajita de madera llena de piedritas con la que jugaba el niño, encontrada entre los escombros, pero Zaida no reacciona. Su rechazo es una forma de rechazar a la vez una posible evocación de la imagen de su hijo aún vivo. La cajita es una prolongación del niño, también él encontrado entre los escombros, recuerda su presencia y lo representa. Boris le hace notar que está casi intacta: «Solamente unas rayaduras tan leves que… ni se notan…» y que el niño la había llenado de pequeñas piedras: «todas redondas como tocadas por el mar»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-049-backlink"><ref target="_06.html#footnote-049">21</ref></hi></hi>, mar que precisamente no tienen. Boris está preocupado por Zaida, que sigue anclada en el recuerdo de la muerte.</p><p rend="text">Enzo regresa hambriento de la reunión con los hombres de la aldea, se quita el abrigo y aguarda que Zaida lo recoja. Ante su falta de reacción, se impacienta «¡Eh, Zaida!, ¿Estás dormida?». Su actitud es despótica, espera ser servido y atendido. Pide comida, y le reprocha que se haya levantado de la cama: «Dormí solo […]. Hoy no te levantarás. Basta. Basta, ¿no?». Zaida, que hasta ese momento no había pronunciado palabra, le responde con un obediente «Sí»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-048-backlink"><ref target="_06.html#footnote-048">22</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Enzo empieza a comer; viendo la poca cantidad se dirige a Zaida con una frase que la hiere profunda y gratuitamente:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Enzo: <hi rend="italic">(mira el pan en su mano)</hi> Soy frugal, pero no tanto. ¿Esto solo? ¿Que creés? ¿Que mi estómago es un puño de niño? <hi rend="italic">(con una interjección ella retrocede como si la hubieran abofeteado)</hi> ¿Qué pasa? ¿Qué te ofendió? […].</p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: (<hi rend="italic">abre la boca, intenta hablar</hi>).</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: Esa palabra.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Enzo: ¿Cuál?</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: Puño.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Enzo: No. Niño. Esa es la palabra. Dije puño de <hi rend="italic">niño</hi>.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: Si la trastorna no la digas.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Enzo: Ah sí. No la diremos y también esconderemos a los niños de la aldea para que ella no sufra.</p><p rend="quotations_quotation_b3">Boris: Sólo hasta que sufra menos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-047-backlink"><ref target="_06.html#footnote-047">23</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Para Enzo la muerte del niño parece pertenecer al pasado «Ya pasó un año»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-046-backlink"><ref target="_06.html#footnote-046">24</ref></hi></hi>. Boris, en cambio, percibe la perduración del dolor y trata de respetar los tiempos del sufrimiento de Zaida, que no coinciden con los que establece Enzo. Zaida siente que la muerte de su hijo es algo que sigue sucediendo, porque para ella el tiempo se ha detenido y fijado en ese instante: «(<hi rend="italic">levanta la cabeza. Con una voz átona</hi>) ¿Qué dijiste? ¿Un año? […] No… Un día. Acaba de suceder. (<hi rend="italic">Se acerca a Enzo</hi>) ¿Fue esta mañana?»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-045-backlink"><ref target="_06.html#footnote-045">25</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Enzo parece sentir rencor hacia el dolor de Zaida. Es, sobre todo en las dos primeras escenas, un personaje dominador. Sabe que Zaida no soporta oír la palabra niño y la repite furiosamente: «(<hi rend="italic">Con una expresión atormentada, él vocifera</hi>) «¡Niño, niño!»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-044-backlink"><ref target="_06.html#footnote-044">26</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">La hiere gratuitamente, como si así pudiera sacarla de su postración, escudándose en el hecho de que el niño también era hijo suyo. En cambio, se dirige a El Silencioso con actitud reverencial:</p><p rend="quotation_b">Enzo: […] <hi rend="italic">(A El Silencioso)</hi> ¿Qué decís, señor? ¿Merecemos esto? ¿Esta amargura? Perdoname. Esta mujer trastornada me saca de quicio. No debiera preguntarte. <hi rend="italic">(Señala a Boris. Despectivamente)</hi> Quien nunca va a hacer preguntas es ese<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-043-backlink"><ref target="_06.html#footnote-043">27</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Varios aspectos confluyen en esta escena: el dolor de una madre que no puede resignarse a la pérdida de su hijo, que para ella es algo que sigue sucediendo; el carácter dolorosamente agresivo de Enzo, que también sufre pero ha transformado el dolor en odio: «También era mi sangre. Ya esa sangre no existe. Es odio. Ese es mi niño ahora»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-042-backlink"><ref target="_06.html#footnote-042">28</ref></hi></hi>. La actitud reverencial con que se dirige a El Silencioso y el inmediato pedido de perdón, hacen pensar que lo considera como un ser casi divino y que preguntar fuera un sacrilegio.</p><p rend="text">Por el relato de Enzo sabemos que El Silencioso le ha dictado el plan de atacar una escuela en el sueño. Reclama entonces a Zaida la escudilla con comida para El Silencioso. Como no hay nada de comer, exige un cuenco con agua que él podrá transformar en néctar: «(<hi rend="italic">Observa el cuenco, fascinado</hi>) El agua se espesa. Toma un color ambarino de miel […]. Tuyos son el agua y el néctar<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-041-backlink"><ref target="_06.html#footnote-041">29</ref></hi></hi>. Así transformaste nuestros corazones»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-040-backlink"><ref target="_06.html#footnote-040">30</ref></hi></hi>. Sin embargo, no podemos saber si el agua se ha transformado efectivamente en néctar. Enzo concluye con una declaración de fe:</p><p rend="quotation_b">no hay otro sueño sino este: sacarnos a los enemigos de encima. Y después, cuando el universo esté limpio, tendremos otra vida, nos llevarás a ese lugar que preparaste para nosotros, los que te somos fieles<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-039-backlink"><ref target="_06.html#footnote-039">31</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Destaca también la escasa consideración hacia Boris, con quien discrepancias y altercados verbales se manifiestan desde el comienzo, y también la voluntad de denigrarlo. Enzo está molesto porque Boris ha faltado a la reunión en la que los hombres de la aldea han planeado el atentado a la escuela, para quedarse con su hermana, lo cual da pie a la disputa. Enzo lo denigra diciéndole que se quedó de <hi rend="italic">niñera</hi>: «¿Te lo pidió acaso? ¿Gimoteó a mis espaldas?»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-038-backlink"><ref target="_06.html#footnote-038">32</ref></hi></hi>. Enzo parece estar celoso de que Boris quiera desplazarlo en su rol, pero sobre todo siente desconfianza, sabe que hubiera sido una voz discordante: «Todos los hombres lo decidieron y, ausente, no te opusiste. Ahora es tarde»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-037-backlink"><ref target="_06.html#footnote-037">33</ref></hi></hi>. Es evidente que Enzo conoce bien a Boris al aclarar que ante la decisión de atacar una escuela no hubo disensos, porque Boris se niega inmediatamente. Su visión de la justicia no coincide con la exclusiva idea de venganza.</p><p rend="text">Al relatar los detalles del atentado, Enzo no pierde ocasión de ofenderlo. Boris debe guiarlos al atravesar la montaña por los senderos que conoce bien por haber pastoreado las ovejas: «Pero lástima. Tuvo un costo. ¡Algo se te contagió de las ovejas!»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-036-backlink"><ref target="_06.html#footnote-036">34</ref></hi></hi>. El plan consiste en llegar a la escuela por la mañana temprano y sorprenderlos. Mientras Enzo habla, Zaida interrumpe absorta: «Vino con las ropas desgarradas, arañado… Casi no lo reconocí… Y te faltaba un brazo… Boris, ¡un brazo!», confundiendo a Boris con su hijo, probablemente porque los recuerdos más dulces de la infancia están ligados a él. Los lazos de afecto entre los hermanos son muy sólidos. Aunque, como luego se verá, la misma Zaida será su asesina.</p><p rend="text">Como había previsto Enzo, Boris se opone, no acepta atacar una escuela para matar niños, como tampoco acepta la forma del procedimiento:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Boris: ¿Por qué una…?<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-035-backlink"><ref target="_06.html#footnote-035">35</ref></hi></hi> </p><p rend="quotations_quotation_b2">Enzo: Cerraremos las puertas con nosotros adentro. Retendremos a sus niños, les haremos padecer miedo, hambre, sed, les prohibiremos moverse, las manos en la nuca como delincuentes comunes, ¿dos, cinco, siete años?, los usaremos como escudos si nos atacan<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-034-backlink"><ref target="_06.html#footnote-034">36</ref></hi></hi>. </p><p rend="quotations_quotation_b3">Boris: […] No atacaré a niños. No peleo contra niños<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-033-backlink"><ref target="_06.html#footnote-033">37</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Enzo quiere que también las madres del enemigo sufran, así como han sufrido las madres del pueblo. Boris, en cambio, se preocupa por la reacción del enemigo, que podría atacar a sus propios hijos por atacarlos a ellos, lo cual aumenta la desconfianza de Enzo:</p><p rend="quotation_b">Enzo: ¡Mejor! ¡Asesinos de sus propios niños! ¡Mejor! <hi rend="italic">(Ríe. Se oscurece)</hi> ¿De qué lado estás? ¿O vivís feliz con la humillación, te solaza la miseria? Ojo por ojo. ¡Eh, Zaida! Sí, el dolor la ha vuelto estúpida. Te permitimos oír, ¿no te complace? […] <hi rend="italic">(Señala a El Silencioso)</hi> La última noche, mientras dormía, él se acercó y me susurró su designio: un plan perfecto. ¡Así, así!, creí oírlo. Su mano se posó en mi hombro, y cuando desperté, sabía exactamente lo que debía hacer, […] decile a este hombre flojo que es tu orden, señor. Nuestros niños mueren cuando nos ametrallan y los enemigos, hipócritas, no los cuentan en las bajas […]. Nosotros procederemos francamente con el orgullo de los crueles. […] Aprovecharemos la noche y mañana, temprano, en la escuela, […] seremos nosotros los maestros<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-032-backlink"><ref target="_06.html#footnote-032">38</ref></hi></hi>.</p><p rend="quotation_b">Boris: ¿Qué nos quedará después?<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-031-backlink"><ref target="_06.html#footnote-031">39</ref></hi></hi></p><p rend="quotations_quotation_b2">Enzo: Que sufran sus madres, como sufrieron las nuestras. […]</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: Y con tal de matarnos dispararán contra ellos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-030-backlink"><ref target="_06.html#footnote-030">40</ref></hi></hi>. </p><p rend="quotation_b">Enzo: Si dudás, no nos acompañes. Tenemos otros guías. […] De poco sirven los inciertos. Podés negarte. Pero el riesgo de abandonarnos es más grande que el de enfrentar la pelea<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-029-backlink"><ref target="_06.html#footnote-029">41</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">No son dudas las que asaltan a Boris, sino la convicción de que el plan es un crimen:</p><p rend="quotation_b">Boris: Los guiaré. Estoy con mi gente, padezco con mi gente. Pero nunca llegamos tan lejos.</p><p rend="quotation_b">Enzo: El odio abre caminos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-028-backlink"><ref target="_06.html#footnote-028">42</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Son éstos los caminos de la violencia, transitables para Enzo y desde ahora también para Zaida, que según Enzo, «se siente revivir. Perdió un hijo y ganó más. Se siente elegida<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-027-backlink"><ref target="_06.html#footnote-027">43</ref></hi></hi>. <hi rend="italic">(Se acuclilla frente a ella)</hi> ¿No es dulce la venganza?»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-026-backlink"><ref target="_06.html#footnote-026">44</ref></hi></hi>. Enzo la obliga a morder su puño, «con rabia, con furia»: (<hi rend="italic">Ella obedece. Como un animal, sin soltar el puño, arrastrándolo con los dientes clavados, mueve la cabeza de un lado a otro)</hi>»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-025-backlink"><ref target="_06.html#footnote-025">45</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">A partir de allí Zaida muestra otro rostro, como si a través de su mano le hubiera inyectado la sed de venganza:</p><p rend="quotation_b"><hi rend="italic">(se lleva la mano al pecho) </hi>Sufro… sufro menos… […]. Duele, soportablemente duele. […] El odio conforta más que una mano sobre la mejilla. […] Si encontrás la muerte, no irás sola. Te llevarás niños con vos, ¡Y que sean muchos! […] en este mundo no hay inocentes<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-024-backlink"><ref target="_06.html#footnote-024">46</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Con la brutalidad del gesto, Enzo logra transformar el dolor de Zaida en odio, un rescoldo que le hará sobrellevarlo con la sangre de sus víctimas. Zaida también va a participar en el atentado. Boris, en cambio, cae en la desesperación porque sabe que no podrá matar. Es el disidente, tarea no fácil en el mundo de violencia en el que viven los personajes; postrado por las circunstancias, se deja caer frente a El Silencioso, por única vez, en actitud de súplica: «“Señor, ¿qué debo hacer? Guíame, señor” (<hi rend="italic">Angustiosamente, lo mira. Lentamente, El Silencioso abre los brazos en un vago gesto de incertidumbre</hi>)»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-023-backlink"><ref target="_06.html#footnote-023">47</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Tampoco El Silencioso tiene respuestas, la situación parece superarlo:</p><p rend="quotation_b"><hi rend="italic">Cuando queda solo, actuando con movimientos extremadamente pausados, El Silencioso levanta el cuenco y bebe, luego se aproxima al arcón, lo abre, busca un trapo en su interior. Se sienta en el banco, palpa su capote y del revés de la solapa desprende una aguja. El trapo sobre las rodillas, se inclina y concentradamente cose</hi><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-022-backlink"><ref target="_06.html#footnote-022">48</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Coser concentradamente parece equivaler a evadir un trance excesivamente premioso, o no querer, o no poder, intervenir. El Silencioso no parece ser la mente del atentado o un personaje superior. Surge la idea de que todo sea fruto de la necesidad de Enzo de respaldarse en alguien al que quiere considerar superior.</p><p rend="text">En la segunda escena, Zaida y Enzo están de regreso de la matanza, con aspecto de fatiga. Zaida está curando una herida de Enzo, pero está inquieta porque Boris no ha regresado. Enzo la tranquiliza: «No es de los que se arriesgan»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-021-backlink"><ref target="_06.html#footnote-021">49</ref></hi></hi>. Cuando Boris entra en la casa, Zaida no puede disimular su alivio: «Tardaste tanto… Todos están en sus casas, curándose las heridas, alabando a quienes no volvieron. Por un momento creí… –Que te alabaríamos, <hi rend="italic">agrega Enzo</hi>»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-020-backlink"><ref target="_06.html#footnote-020">50</ref></hi></hi>. De repente, nota que no trae su fusil y se enfurece: «¡Aun cada muerto lo devuelve! ¡Perdiste el tuyo! ¡Lo abandonaste! (<hi rend="italic">Lo abofetea</hi>) […] ¡Como si nos sobraran! […] ¡Cuestan hambre! El primero que caiga de los nuestros será con un disparo de tu fusil. Lo aprovechará un enemigo. ¡Imbécil!»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-019-backlink"><ref target="_06.html#footnote-019">51</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Boris tiene que justificarse: lo perdió al caer en un barranco. Enzo empieza a dudar de que escapara antes «[d]e que pisáramos cuerpos de niños, sangre de niños»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-018-backlink"><ref target="_06.html#footnote-018">52</ref></hi></hi> y de mujeres. Y lo interroga sobre el atentado, pero Boris es incapaz de hablar; sólo niega con la cabeza, en cambio Zaida responde «(<hi rend="italic">con una sonrisa tonta, la voz átona</hi>) Muy bueno»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-017-backlink"><ref target="_06.html#footnote-017">53</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Ya solo con Zaida, Boris está consternado, sólo logra decir que la vio dispararles a los niños en la escuela:</p><p rend="quotations_quotation_b1">(<hi rend="italic">con voz átona</hi>) Para eso fui.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: ¿No se parecían a tu hijo?</p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: Oh, sí. Eran iguales… En algún sentido.</p><p rend="quotations_quotation_b2"><hi rend="italic">(El Silencioso mira hacia los costados, inquieto. En un momento, levantará el ruedo de su capote y coserá una rotura en el borde con la concentración de un niño que no quiere oír)</hi>.</p><p rend="quotations_quotation_b3">Boris: ¿Cómo pudiste?<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-016-backlink"><ref target="_06.html#footnote-016">54</ref></hi></hi></p><p rend="text">Zaida se justifica porque mordió la mano de Enzo, pero el relato de la masacre que hace Zaida es espeluznante, muestra una crueldad sin límites: </p><p rend="quotation_b">Muchos murieron ayer, (<hi rend="italic">baja la mano</hi>) así, pequeños. Algunos no tenían piernas, ni cabezas, hoyos aquí, y otros habían sangrado tanto que la carne se les había convertido en sangre, en repugnantes coágulos sobre las baldosas donde antes jugaban. Machucones, heridas, ¡pero todos tenían sus brazos! Tal vez, si hubiera encontrado alguno sin… Me habría recordado a mi niño y entonces… <hi rend="italic">tal</hi> <hi rend="italic">vez</hi> habría lamentado… <hi rend="italic">(Ríe)</hi> ¡Pero no encontré ninguno! Fue fácil ser feroz con esos niños bien comidos a costa de los nuestros, tan rubios, ¡<hi rend="italic">todos</hi> con sus brazos!<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-015-backlink"><ref target="_06.html#footnote-015">55</ref></hi></hi> </p><p rend="text">Niños descabezados, ensangrentados, nada le parece tan horrible e insoportable como la falta del brazo de su hijo. Boris está perdido en medio de la desazón y el desconsuelo. Estalla la desesperación: se pregunta por qué los guió, por qué no los hizo caer en la montaña y a Zaida: «¿por qué no te callás?». Con malevolencia y sarcasmo, responde: «Ah, sí. Mejor que me calle. Te conviene». Boris es consciente de su participación por haberlos guiado por la montaña: «Ya nada me conviene»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-014-backlink"><ref target="_06.html#footnote-014">56</ref></hi></hi>.</p><p rend="quotations_quotation_b1">Zaida: No te vi disparar […]. Si te hubieras muerto ayer, el paraíso no habría sido tuyo.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: (<hi rend="italic">gira la cabeza hacia El Silencioso</hi>) Tampoco es tuyo ese prostíbulo celestial<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-013-backlink"><ref target="_06.html#footnote-013">57</ref></hi></hi>, ¿verdad? No puedo creer que lo imaginaste. (<hi rend="italic">A</hi> <hi rend="italic">Zaida</hi>) La muerte no habría sido castigo. Y si muero, para mi cadáver quiero polvo, tierra. Me alcanza con un puñado de cenizas. ¡Bien grises, bien sucias. Ningún paraíso.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: […] Pero no te inquietes demasiado. Pocos de tus compañeros están para acusarte.</p><p rend="quotations_quotation_b3">Boris: Me acusarás vos<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-012-backlink"><ref target="_06.html#footnote-012">58</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Zaida tiene que pensarlo, no sabe si desea silenciar una huida; ya se siente fuerte por su capacidad de matar y puede comenzar a acusar a Boris de que le temblaban las manos:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Zaida: […] Me dije: es un cobarde […]. En cambio yo… ¿Me viste?</p><p rend="quotations_quotation_b3">Boris: (<hi rend="italic">con una especie de horror</hi>) Te vi. Y ya no sabía quién eras<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-011-backlink"><ref target="_06.html#footnote-011">59</ref></hi></hi>. </p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: (<hi rend="italic">fríamente</hi>) a veces pienso que sos tonto. Todos cambiamos (<hi rend="italic">Cambia el tono, baja la voz</hi>). Nunca encontramos el brazo de mi hijo. En ese ataque a la aldea, ¿te acordás?, sólo nos dejaron los escombros. Bajo los escombros, a mi niño le faltaba un brazo. […] Ese brazo perdido no me deja dormir. […] Ya no me engaño: Por eso pude. Que no me mientan más con el candor de los niños […]. Ni siquiera amo a los nuestros, pero lo disimulo. Los acepto, los soporto. Para los otros sólo guardo aversión. Son nuestros enemigos […] ¡bien hacemos en matarlos!</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: ¿Quién te envenenó de esa manera? Ni siquiera el odio alcanza.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: […] Tus <hi rend="italic">inocentes</hi> criaturas no son tales. Mienten. Miré a esos niños y desfallecí de repugnancia. Cortarles, cortarles la vida rápidamente para que no emponzoñen. Serán nuestros enemigos […]. Ya lo son. Merecen morir […]. ¡Qué revienten!</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: ¡Trágate esas palabras! […] Tenés los ojos secos, ¡piedras secas! (<hi rend="italic">Lanza un sollozo animal. La sacude con furia</hi>) ¡Llorá por tu hijo muerto, llorá por esos que asesinaste!</p><p rend="quotations_quotation_b3">Zaida: (<hi rend="italic">lo aparta</hi>) ¿Llorar? ¿Por esos niños? Mi ocupación es odiarlos […]. Y creo… no sé… que los odio para evitarme la hipocresía de amarlos. […]. Tendré más hijos para Enzo, pero ninguno será igual al que perdí. Todos los días busco su brazo bajo los escombros. […]. En el próximo ataque […]. Llevaré la daga más afilada […] y cortaré brazos […] los desparramaré sobre la tumba de mi hijo para que elija, para que juegue […] raspándolos, mordiéndolos, y me hable. Porque ya no me habla. Enojado porque lo dejé morir […]. Por suerte el odio vino a salvarme. […] No sabe de contemplaciones el odio. Es huérfano de padre y madre, no conoce progenitura, no ve ni oye ni consuela. No crece una hierba, el mínimo pastito, es viento que arrasa el humus y deja el desierto! Arena, arena entre los dientes, en los ojos, ¡y ganas de matar!<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-010-backlink"><ref target="_06.html#footnote-010">60</ref></hi></hi> </p><p rend="text">Así es la tierra desolada en que vive Zaida y así es su odio. Las palabras con las que describe la masacre y los cuerpos destrozados muestran que está obcecada, que la violencia se ha vuelto un fin en sí mismo. Parece no darse cuenta del horror de que matar a otros niños no le restituye al suyo y la idea de cubrir la tumba de su hijo con brazos, restos, de otras víctimas es sólo insensata, e implica más muertes. El odio la ciega y ya no percibe la profunda inutilidad de su gesto.</p><p rend="text">En la escena 3, Zaida tiene una gravidez avanzada. El Silencioso está limpiando la superficie de un banco, pero cuando Zaida regresa le quita el trapo para hacer ella el trabajo. El Silencioso se queda «como alguien a quien le han arrebatado una tarea que le gusta». Vuelve Enzo, seguido por Boris, anunciando que se irán a la montaña. Han sufrido un ataque en el que cayeron muchos. Quedan solos Zaida y Boris. Éste vuelve a llevarle cajita del niño, que Zaida vuelve a rechazar, esta vez con violencia arrojándola al piso e impidiéndole que la recoja. Boris le anuncia que no irá con ellos, no quiere seguir tocando sangre y le pide que no se lo diga a Enzo: «Silenciar una huida. No sé si lo deseo»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-009-backlink"><ref target="_06.html#footnote-009">61</ref></hi></hi>. Está por darle pan y agua para los primeros días, pero se detiene. Prefiere conversar. Mientras tanto, El Silencioso recoge la cajita del piso y se entretiene con el ruido de las piedras, manifestando una vez más su indiferencia hacia lo que está sucediendo. </p><p rend="text">Zaida le recuerda a Boris episodios de la infancia:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Zaida: […] eras el más flojo de mis hermanos, ésos que murieron. (<hi rend="italic">Lo mira</hi>) Y vos estás vivo.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: (<hi rend="italic">acusa el golpe, triste</hi>) No debiera estarlo.</p><p rend="quotations_quotation_b3">Zaida: No sé. Sé poco ahora<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-008-backlink"><ref target="_06.html#footnote-008">62</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Zaida interrumpe la conversación para pedirle que no los abandone. Pero Boris no puede seguirlos, sabe que desconfiarán de él. Zaida trata de convencerlo de que sería suficiente con que en el próximo ataque «gritaras como enajenado y mataras con odio […]. Ahora no puedo sustituirte como hice en la escuela, matando por mí, también por vos. Con este vientre… Debo cuidarlo»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-007-backlink"><ref target="_06.html#footnote-007">63</ref></hi></hi>. Zaida sólo piensa que el hijo nacerá y seguirá matando enemigos. Eso es precisamente lo Boris no puede y no quiere hacer.</p><p rend="text">Durante la conversación, El Silencioso intuye que va a suceder algo que no quiere ver, se dobla sobre la cajita y ya no mira:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Boris: Quizá no lo haga.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Zaida: ¡Querrá! Todavía tenemos el odio. […] nada más fácil que provocar la muerte. […] La deseo para nuestros enemigos. La deseo para los que no nos acompañan.</p><p rend="quotations_quotation_b2">Boris: (<hi rend="italic">después de un silencio. Lúcido</hi>). ¿Me deseás la muerte?</p><p rend="quotations_quotation_b3">Zaida: (<hi rend="italic">con extraño acento</hi>) Hermano, hermano… Yo no deseo nada, la situación desea por mí. […] Renegarás de nosotros […]. Vení, aquí conmigo. Sigamos charlando. ¿No querés?<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-006-backlink"><ref target="_06.html#footnote-006">64</ref></hi></hi> </p><p rend="text">Boris ya no quiere seguir conversando, pero Zaida sigue recordando cosas de la infancia en común para tomarse el tiempo que necesita para ejecutar lo que ya ha decidido. De repente se interrumpe:</p><p rend="quotation_b">Zaida: […] Tengo sed. ¿Me das agua? (<hi rend="italic">Él se incorpora, atraviesa la choza hacia el banco donde está la jarra con agua. Zaida lo sigue. Al advertirlo, Boris se vuelve con una sonrisa de desolada comprensión, como si supiera lo que ella ha decidido hacer. Zaida responde, se miran un instante. Con su modo subrepticio, El Silencioso observa. Se dobla sobre la cajita con el regazo y en ese punto ya no mira. Zaida, entre dientes</hi>). Tengo sed. (<hi rend="italic">Cuando nuevamente Boris le da la espalda junto al banco y levanta la jarra, ella extrae un puñal y alzándolo se lo clava una y otra vez gritando desesperada y ferozmente</hi>). ¡Tengo sed! ¡Me muero de sed! (<hi rend="italic">Boris vacila, emplea un último y agónico cuidado en sostener y depositar la jarra sobre el banco. Luego se vuelve, mira a Zaida y tiende una mano que no llega hasta ella. Se desploma. Zaida permanece inmóvil un momento, luego deja caer el puñal, respira a sacudidas. Mira a Boris a sus pies. Suavemente</hi>). Cobarde<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-005-backlink"><ref target="_06.html#footnote-005">65</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Entra Enzo. Ve el cadáver de Boris:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Zaida: No quise hacerlo… pero lo hice. Pensaba huir. […] No quería el paraíso. Para su cadáver quería polvo, tierra. ¡Le alcanzaba con un puñado de cenizas! ¡Estará contento! ¡Será cenizas cuando incendien las chozas!</p><p rend="quotations_quotation_b3">Enzo: De cualquier modo no lo hubiera ganado el paraíso<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-004-backlink"><ref target="_06.html#footnote-004">66</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Zaida comienza a defenderlo, podía haberse ganado al paraíso porque los guió en las montañas: «Ni vos, que lo odiabas pudiste criticarlo. Nos protegió con la atención de un padre»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-003-backlink"><ref target="_06.html#footnote-003">67</ref></hi></hi>.</p><p rend="text">Zaida necesita construir otra imagen de su hermano y la inventa. Dice que lo vio matar con placer, hacer estragos con los niños:</p><p rend="quotation_b">En ese momento lo reconocí, mi hermano, mi hermano, una fiera como yo. Mi hermano, mi hermano… (<hi rend="italic">Se inclina hacia Boris, lo mira larga, hasta curiosamente</hi>) […] Pero no tenía suficiente odio. (<hi rend="italic">Con un tono bajo, amable</hi>). A mí me arrasó y a él… tan débil… ni lo tocó…<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-002-backlink"><ref target="_06.html#footnote-002">68</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">Si en la segunda escena Zaida había dicho que no quería nunca más niños sobre la tierra, ahora sí, no por el nuevo embarazo, sino porque su niño tiene una misión que cumplir, la de seguir matando y vengando: «Ahora sé por qué lo traemos al mundo. (<hi rend="italic">Sonríe vagamente</hi>)»<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-001-backlink"><ref target="_06.html#footnote-001">69</ref></hi></hi>. Zaida no se plantea siquiera la posibilidad de que nazca una niña, que en ese caso, no respondería a los requisitos de violencia que considera propios de su rol. Al varón seguirá inculcándole el odio para que pueda continuar la venganza como único proyecto de vida, y aunque fuera una niña, probablemente seguirá los pasos de su madre.</p><p rend="text">Comienzan a irse, Zaida pregunta por El Silencioso:</p><p rend="quotations_quotation_b1">Enzo: Vendrá con nosotros. Como siempre.</p><p rend="quotations_quotation_b2">(<hi rend="italic">Salen</hi>).</p><p rend="quotations_quotation_b3">(<hi rend="italic">El Silencioso se mueve con su habitual lentitud. Levanta la jarra con agua, bebe. El agua se le escurre por la boca. Bebe interminablemente, con ruido de ahogado</hi>)<hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><hi xml:id="footnote-000-backlink"><ref target="_06.html#footnote-000">70</ref></hi></hi>. </p><p rend="text">La sed de El Silencioso es insaciable, como insaciable es el odio. Bebe insaciablemente, «interminablemente», como si el agua pudiera arrastrar los horrores que ha presenciado, los que le atribuyen los personajes por haber inspirado la masacre, como es interminable el odio de Zaida que mata a Boris porque «no tenía suficiente odio». Pero el agua no lo sacia, se le escurre, la derrocha y lo ahoga, como lo ha ahogado la situación que trató de ignorar, cosiendo, jugando con la cajita. El Silencioso se irá igualmente con ellos, parece ser su creación. Antes se queda solo, más desolado que nunca, bebe interminablemente, ahogándose.</p><p rend="text">En esta obra todos parecen ser víctimas del odio. La crueldad de Zaida es, sin duda, un rasgo que le quita humanidad y no le podrá restituir lo perdido. Aun consciente de ello, su empecinamiento en matar responde sólo al odio que parece ir más allá del que le ha procurado la muerte de su hijo; es un deseo que la desborda y enceguece, y sólo se proyecta hacia nuevas víctimas. Zaida ha perdido su dimensión humana para asumir la de vengadora. En la escena final ella y Enzo se van hacia una tierra que nadie les ha prometido, sin equipaje. Zaida se lleva, aunque no le pese, una muerte sin fin que le ha dejado la violencia y la venganza.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-069-backlink">1</ref></hi>	Sus cuentos están ahora reunidos en <hi rend="italic">Relatos reunidos</hi> (Alfaguara, Madrid 2016).</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-068-backlink">2</ref></hi>	Señalemos <hi rend="italic">El mar que nos trajo</hi> (2002), <hi rend="italic">Una felicidad con menos pena</hi> (1967), <hi rend="italic">Dios no nos quiere contentos</hi> (1979) y <hi rend="italic">Promesas y desvaríos</hi> (2004).</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-067-backlink">3</ref></hi>	Su obra teatral ha sido traducida a varios idiomas y estudiada mundialmente. Véanse, por ejemplo, S. Urdician, <hi rend="italic">Le Théâtre de Griselda </hi><hi rend="italic">Gambaro</hi>, Indigo &amp; Côté-femmes éditions, Paris 2008 o S. Tarantuviez, <hi rend="italic">La escena del poder. El teatro de Griselda Gambaro</hi>, Corregidor, Buenos Aires 2007.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-066-backlink">4</ref></hi>	Véase M. B. Lenzi, <hi rend="italic">Razones del personaje, perplejidades del lector: </hi>La señora Macbeth<hi rend="italic"> de Griselda Gambaro o la contaminación de la muerte</hi>, en<hi rend="italic"> Encuentros literarios. </hi>II, <hi >Wydawnictwo Uniwersytetu Marii Curie-Skłodowskiej</hi>, Lublin 2009, pp. 373-381.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-065-backlink">5</ref></hi>	Véase Ead., <hi rend="italic">Antígona furiosa de Griselda Gambaro ou de la mémoire</hi>, en<hi rend="italic"> Les Antigones contemporaines (de 1945 à nos jours)</hi>, Presses Universitaires Blaise Pascal, Clermont Ferrand 2010, pp. 257-271<hi rend="italic">.</hi></p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-064-backlink">6</ref></hi>	Véase Ead.,<hi rend="italic"> </hi><hi rend="italic">Leopardi in un sobborgo di Buenos Aires in </hi>Después de un día de fiesta<hi rend="italic"> di Griselda Gambaro</hi>,<hi rend="italic"> </hi>en<hi rend="italic"> Il critico poetante. Scritti in onore di Antonio Prete</hi>,<hi rend="italic"> </hi>Pacini Editore, Ospedaletto 2005, pp. 179-202.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-063-backlink">7</ref></hi>	Todas las citas están tomadas de G. Gambaro, <hi rend="italic">La</hi> <hi rend="italic">persistencia</hi>, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires 2007. <hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 77. Los datos sobre la escritura y la puesta en escena están explicitados en la p. 9. Esta obra fue estrenada en 2007, en el teatro San Martín, bajo la dirección de Cristina Banegas. </p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-062-backlink">8</ref></hi>	Véase M. B. Lenzi, <hi rend="italic">Metateatro en Información para extranjeros de Griselda Gambaro. De la crónica a la representación: el incómodo papel de ser espectadores</hi>, en<hi rend="italic"> Metalinguaggi e metatesti. Lingua, letteratura e traduzione, Atti del XXIV Congresso AISPI</hi>, Università degli Studi di Padova - Aispi Edizioni, Padova 2012, pp. 463-472.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number CharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-061-backlink">9</ref></hi>	Sobre la influencia del Islam en la población chechena ver F. Vacas Fernández, J. L. Calvo Albero, <hi rend="italic">El conflicto de Chechenia</hi>, Imprenta del Ministerio de Defensa, Madrid 2005, pp. 14-15, &lt;<ref target="https://publicaciones.defensa.gob.es/media/downloadable/files/links/e/l/el_conflicto_de_chechenia.pdf"><hi rend="CharOverride-2">https://publicaciones.defensa.gob.es/media/downloadable/files/links/e/l/el_conflicto_de_chechenia.pdf</hi></ref>&gt; (10/22).</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-060-backlink">10</ref></hi>	C. Reschia, <hi rend="italic">La strage di Beslan, cinque anni senza risposta</hi>, «La Stampa», 01/09/09.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-059-backlink">11</ref></hi>	S.f., <hi rend="italic">La strage di Beslan</hi>,<hi rend="CharOverride-3"> </hi>«Il Post», 01/09/13.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-058-backlink">12</ref></hi>	La ubicación geográfica no aparece ni se menciona en el texto, confiriendo una dimensión más amplia, quizás universal, a las consideraciones de Gambaro.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-057-backlink">13</ref></hi>	Las dos guerras que la Confederación Rusa sostuvo para abortar los movimientos independentistas ocurrieron en 1991-1996 y 1999-2009. Véase Vacas Fernández, Calvo Albero, <hi rend="italic">El conflicto de Chechenia</hi>, cit., pp. 31-34.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-056-backlink">14</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 13.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-055-backlink">15</ref></hi>	Véase el excelente ensayo de S. Magnarelli, <hi rend="italic">Staging Trauma in</hi> La persistencia<hi rend="italic"> by Griselda Gambaro</hi>, «South Central Review», Special Issue: <hi rend="italic">Traumatic Spectacles: Recent Latin American Drama and Performance</hi>, 30, 3, 2013, pp. 101-124.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-054-backlink">16</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., pp. 25-26.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-053-backlink">17</ref></hi>	Para los límites de la acción humana, ver P. Ricœur, <hi rend="italic">Sí mismo como otro</hi>, Siglo XXI, Madrid 1996, p. 253. No hemos encontrado trabajos que le concedan a Boris una estatura moral apreciable.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-052-backlink">18</ref></hi>	Los nombres de los personajes son significativos: Boris es un nombre típicamente ruso, Enzo recuerda al italiano y también al español, Zaida tiene una sonoridad que evoca al árabe <hi rend="italic">Saida</hi> que significa <hi rend="italic">señora</hi>.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-051-backlink">19</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 13.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-050-backlink">20</ref></hi>	Es el único personaje al que Gambaro se refiere en las acotaciones de escena: «en el caso de El Silencioso, aparte de señalar su carácter, las didascalias son el texto del personaje, lo determinan a través de la gestualidad y la imagen y por lo tanto tienen ese valor significativo». Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 76. No parece una hipótesis arriesgada suponer que Gambaro, de manera implícita, conecte el presunto papel sobrenatural del Silencioso, que los demás personajes le atribuyen, con la actitud de las religiones en general que a menudo han promovido el odio y las guerras.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-049-backlink">21</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 14.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-048-backlink">22</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 16.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-047-backlink">23</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 16-17.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-046-backlink">24</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 17.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-045-backlink">25</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-044-backlink">26</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 18.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-043-backlink">27</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 19.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-042-backlink">28</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 18.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-041-backlink">29</ref></hi>	Expresión que parece ser una suerte de ofrenda religiosa.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-040-backlink">30</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 31.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-039-backlink">31</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 31-32. La religión predominante en la región es el Islam. Creemos que algunos elementos de la obra insinúen un aspecto religioso. En la escena 2, Enzo describe el lugar que les está reservado: «Nuestros compañeros están con el cuerpo lavado con mieles y aceites, rodeados por la eternidad de hermosas mujeres». La vida paradisiaca se describe como una recepción cortesana. Se hace hincapié en la celebración de elegantes banquetes en los que se degustarán vino y licores […] servidos por efebos (12,17; 16,10) y bellas muchachas, y también se hace alusión a otros placeres de carácter más sensual, como el insinuado disfrute de esposas puras o huríes, es decir, jóvenes vírgenes que se ofrecerán para el deleite carnal de los elegidos (suras 2,25 / 3,15 / 4,57 / 38,52 / 43,70 / 44,54-56 / 55,72 y 70-72 / 78,33). Véase N. Silva Santa-Cruz, <hi rend="italic">El paraíso en el Islam</hi>, «Revista Digital de Iconografía Digital», 5, 2011, pp. 39-49.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-038-backlink">32</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 20. </p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-037-backlink">33</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 24.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-036-backlink">34</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 22.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-035-backlink">35</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 26.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-034-backlink">36</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 28.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-033-backlink">37</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 26.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-032-backlink">38</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 28-29.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-031-backlink">39</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 27.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-030-backlink">40</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 28.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-029-backlink">41</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 32.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-028-backlink">42</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem.</hi></p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-027-backlink">43</ref></hi>	Quizás otra fugaz referencia al Islam. Pero en este caso, es una elegida para el crimen.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-026-backlink">44</ref></hi>	Gambaro, <hi rend="italic">La persistencia</hi>, cit., p. 33.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-025-backlink">45</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem.</hi></p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-024-backlink">46</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 34-35.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-023-backlink">47</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 33.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-022-backlink">48</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 35-36.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-021-backlink">49</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 38.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-020-backlink">50</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 40.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-019-backlink">51</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 41.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-018-backlink">52</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 42.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-017-backlink">53</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 43.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-016-backlink">54</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 44-45.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-015-backlink">55</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 46.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-014-backlink">56</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 46-47.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number CharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-013-backlink">57</ref></hi>	En el paraíso del que se habla, los elegidos están rodeados por la eternidad de hermosas mujeres, lavados sus cuerpos con mieles y aceites. <hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 43.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-012-backlink">58</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 47-48.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-011-backlink">59</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 48.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-010-backlink">60</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 45-55.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-009-backlink">61</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 61.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-008-backlink">62</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 63. Con estas palabras Zaida manifiesta nuevamente que está como perdida, incapacitada para tomar decisiones. Sin embargo, su gesto final será trágico.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-007-backlink">63</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 65.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-006-backlink">64</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 66-67.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-005-backlink">65</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 69-70.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-004-backlink">66</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 71-72.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-003-backlink">67</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 73.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-002-backlink">68</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, pp. 73-74.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-001-backlink">69</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 74.</p><p rend="layout_notes"><hi rend="notes_number _idGenCharOverride-1"><ref target="_06.html#footnote-000-backlink">70</ref></hi>	<hi rend="italic">Ibídem</hi>, p. 75.</p>
      
      
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